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La nuestra ha sido y es sin duda, una zona tradicionalmente agrícola. Desde los primeros pobladores hasta la actualidad la agricultura y la ganadería han supuesto las dos principales actividades económicas de la aldea. Aun hoy en día sigue siendo así, aunque con un peso cada vez mayor del sector servicios.
Para entender la forma de vida de nuestros antepasados, habitantes de las aldeas de nuestra comarca, es necesario conocer las circunstancias desfavorables en las que vivían. No hemos de olvidar que hasta bien entrado el siglo XX no existen medios que comuniquen nuestra aldea con el exterior, siendo necesario ir a pié o en bestia hasta Yeste, lo que suponía unas 3 horas de camino. Todo esto hace que en las aldeas se concentre una población eminentemente campesina, con un estilo de vida sedentario entorno a la aldea. Además, hemos de tener en cuenta la falta de especialización de los campesinos, ante la falta de recursos, y la adaptación a casi cualquier actividad económica que les surgiera. Una misma persona podía trabajar en una época del año como segador, más tarde como vendimiador, y ese mismo año trabajar en los pinos. La falta de medios y la poca especialización llevaban a los trabajadores a tener que buscarse la vida en trabajos de temporada. Queremos ilustrar, a modo de recuerdo y de homenaje, algunos de estos trabajos que han mantenido viva a nuestra tierra y a sus habitantes durante siglos.
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Debido a la complicada orografía de la zona, donde abundan montañas y fuertes pendientes, así como a las modestas economías familiares, la forma típica de agricultura ha sido el minifundismo. La mecanización ha sido inexistente hasta las últimas décadas, y aún hoy día es escasa. Por ello la fuerza humana y animal ha sido la que ha impulsado y mantenido la actividad agrícola de la zona. La herramienta principal para trabajar la tierra es el arado, tirado habitualmente por burros, o por mulos e incluso vacas en otras ocasiones. Antiguamente se aprovechaba la mayor parte posible de terreno para cultivo. Si se pretendía colonizar un nuevo terreno para ser cultivado, se desbrozaba, se procedía a quemarlo de forma controlada y se araba. En las pendientes y laderas se construían muros de piedra, lo que favorecía la lucha contra la erosión. Hoy día, el bosque y el matorral invade gran parte de estas áreas que se cultivaban hace décadas. Con el abandono de las parcelas, los muros se han derruido y el campo ofrece un aspecto ruinoso. Las razones de este retroceso son la emigración, el descenso demográfico y la poca rentabilidad de las explotaciones agrícolas. |
El de pastor era un oficio que en muchas ocasiones se comenzaba desde niño y que se alargaba toda la vida incluso hasta la ancianidad. La vida de los pastores era sacrificada, pasando toda la jornada e incluso días en el monte con los rebaños, teniendo que soportar las inclemencias del tiempo. En primavera y verano los ganados eran conducidos a las cimas de las montañas para poder pastar, mientras que en invierno descendían hasta el llano. A menudo, pastores y ganado se instalaban en las “tenás”, espacios cercados por piedras donde se podían resguardar del tiempo. En otras ocasiones se cobijaban en cuevas naturales, que les protegían de vientos y tormentas. En estas cuevas los pastores solían levantar pequeñas murallas con piedras o matorrales que servían como protección ante lobos o zorros, al mismo tiempo que impedían que los propios animales se escapasen. El atuendo del pastor era recio: zurrón o hato para las comidas y utensilios para encender el fuego, capote, bufanda, “antimparas” de piel de oveja para proteger las piernas y esparteñas que el mismo pastor se fabricaba. |
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La principal materia prima obtenida en la zona en los siglos pasados es la madera, y en concreto la madera de pino, que era exportada a través de los ríos hacia la Región de Murcia. De su obtención y transporte se derivan varios oficios, todos ellos con la característica principal de su dureza física. |
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La indumentaria del segador consistía en un sombrero de paja o pañuelo en la cabeza para protegerse del sol, un zoquete de madera en la mano izquierda con la que se protegían los dedos del corte de la oz, y un bolsito de cuero. En ocasiones se usaba una “badana” a modo de delantal. |
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La vendimia era otro de los trabajos de temporada que solían emprender las gentes de la aldea. La temporada de la vendimia es a principios de otoño, con una duración de un mes aproximadamente. Los lugares de destino más comunes eran dos: Por un lado la zona de Villarrobledo en La Mancha. En este caso, al igual que en la siega los jornaleros partían a pie o en burro. El segundo destino favorito era el sur de Francia, partiendo en tren desde Albacete. Los jornaleros solían padecer un trato desfavorable por parte de los dueños de las fincas, debido a su baja cualificación, teniendo que padecer jornadas de trabajo interminables, de sol a sol. |
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Panes en el horno
Trillando con los burros
En la matanza |
En este apartado se expone de forma muy superficial un boceto sobre el modo de vida, mentalidad y tradiciones de los habitantes de la aldea y de la zona en general. Por supuesto quedarán muchos elementos sin tratar, pues como se podrá entender, es imposible tratar todos los rasgos y peculiaridades de un modelo de vida en unas pocas líneas.
Primeramente hay que señalar que el modelo definido es un modelo campesino, cerrado y sedentario en torno a la aldea. Debido al aislamiento en el que nos encontramos, y a la falta de vías de comunicación hasta hace pocas décadas, la vida de una persona transcurría en la aldea, saliendo al exterior si acaso para realizar trabajos de temporada, como ya se ha indicado en otros puntos. Este hecho ha propiciado la visión que se tiene de comunidad y de pertenencia a esta tierra.
Llama poderosamente la atención la generosidad que muestran las gentes de esta tierra, de tal forma que incluso el vecino más pobre y humilde de la aldea no evita el ofrecimiento de sus posesiones, por modestas que sean. El forastero siempre es recibido con comida y bebida abundante cuando visita la casa de cualquier vecino.
La educación ha sido escasa por varios motivos: En primer lugar por la falta de gentes preparadas para impartirla, debido al aislamiento. Tampoco ayudan la falta de recursos económicos de las familias, que en la mayoría de los casos se veían obligadas a incorporar a los más jóvenes a las tareas de la tierra, sin mucho tiempo para ir a la escuela. A menudo esto se traduce en una baja tasa de alfabetización, incluso hoy en día.
El papel de la iglesia en la sociedad ha sido notable, influyendo en la educación y en la mentalidad, con el consiguiente lastre que esto supone, pero dotando a la comunidad de una cultura propia. Esto se aprecia de forma inmediata, por ejemplo, en ciertas expresiones usadas constantemente: “valla usted con Dios” (a modo de saludo) ó “si Dios quiere” (refiriéndose a un suceso futuro). Así, la participación en ceremonias religiosas se convierte en un acto social, donde se reencuentran los vecinos y se establecen relaciones personales. Esta influencia religiosa también se deja ver en ciertos ritos y creencias, como la del “mal de ojo”, una supuesta fatalidad que ciertas personas transmiten a los vecinos de forma involuntaria, especialmente a los niños, pudiendo incluso ser contraído por los animales. Para curarlo e incluso para prevenirlo se han de hacer una serie de oraciones y ritos de naturaleza religiosa, antes del viernes siguiente (día de la muerte de Cristo). Como vemos, la falta de educación lleva a buscar remedios y poderes curativos “mágicos”. Resulta llamativo el respeto y el seguimiento que tradicionalmente se llevaba a cabo en la Semana Santa. Durante estas fechas y especialmente en Viernes Santo, estaba prohibido cualquier trabajo, incluso estaba mal visto el hablar alto o reír, pues se ofendía a Cristo, que se encontraba muerto. No se podía cavar la tierra, pues se pensaba que "se pinchaba al Señor".
Al margen de lo religioso, el principal elemento de veneración en torno al cual se desarrolla toda la vida de las aldeas es la tierra, entendida como ente que sustenta y mantiene la especie. La tierra es amada y respetada, y supone la principal fuente de riqueza y sustento de vida, siendo además el mayor bien que los padres transmiten a los hijos. Es común que desde bien pequeños los hombres y mujeres de nuestra tierra hayan crecido en torno al trabajo en el campo, siendo en muchas ocasiones el único modo de vida que han conocido. Es por esto que la tierra es tratada con reverencia y respeto. El agradecimiento y el orgullo por las cosechas es tema frecuente de conversación entre los aldeanos. El gran éxodo sufrido durante el último siglo ha hecho que gran parte de estas tierras estén hoy en día abandonadas, y con ellas, muchos de sus valores y creencias.
En otro tiempo una verdadera sociedad rural inundaba cada rincón de esta sierra. El aislamiento de las gentes hizo desarrollar una cultura y tradiciones muy arraigadas. Existen multitud de elementos culturales, ritos y celebraciones de gran interés. La participación en fiestas, muchas de ellas de carácter religioso, actúa como marco para entablar relaciones personales, noviazgos, acuerdos, compraventas, etc. Cada cortijo solía organizar sus propios bailes, a los que acudían los vecinos de los demás cortijos, en ellos se cantaba, se bailaba y se bebía. Entre las celebraciones más destacadas estaba la de la navidad, en la que era costumbre pedir los "aguilandos", con grupos de jóvenes que iban de casa en casa tocando y cantando a cambio de comida, dulces o bebida. Algo parecido se hacía en la fiesta de los Santos Inocentes, o "Las inocentás" en las que los jóvenes iban a pedir comida a las casas. En el carnaval, la gente salía por las aldeas o cortijos vestidos de "mojiango", que consistía en disfrazarse con ropas distintas a su sexo habitual. Normalmente utilizaban para disfrazarse ropas viejas, sacos, mantas, o cualquier trapo viejo. Los mojiangos solían ir por los cortijos gritando "guru guru" ó "gurru gurru, ¿a qué no me conoces?". Una costumbre que también se va perdiendo es la de las "luminarias", grandes hogueras en torno a las que los vecinos se reunían para comer y celebrar cualquier acontecimiento, como el de la fiesta de San Antón, fecha en la que los animales no trabajaban, y eran los mismos vecinos los que transportaban la leña. También el día de San Juan (24 de junio) se encendían luminarias a modo de ritual de agradecimiento o petición para sanarse de algún mal. Igualmente, siguiendo con San Juan, las jóvenes solían "echar los mayos" que consistía en una serie de juegos para determinar si sus novios o los hombres de los que estaban enamoradas correspondían sus sentimientos. Así mismo, por la noche, los jóvenes acudían a cantar a los balcones de sus amadas, les cantaban y les dejaban regalos, lo que se conoce como las "enramás". Además, existían otros mitos en torno a esta fecha, como la creencia de que si determinadas plantas eran recolectadas durante ese día, adquirían poderes curativos, o eran capaces de proteger las cosechas.
Hemos de destacar también la existencia de una destacable cultura gastronómica propia. Tradicionalmente han abundado las comidas "de puchero", siendo un elemento clave el fuego de la lumbre, al que se arrimaban las ollas o pucheros para cocinar. De esta acción deriva la expresión "arrimar" con la que se conoce popularmente a esta forma de cocinar que ha sido la típica de nuestra tierra. Algunas de las comidas tradicionales son el Ajo de harina, los Andrajos, el Fritorio de calabaza o de habichuelas, el Caldo refrito, Ajo pringue, Olla de habichuelas morunas o las Migas de harina. Además existen dulces típicos como las tortas de manteca, los panecicos de semana santa, los rollos fritos, las tortillas dulces, hojuelas con miel o los suspiros, embutidos como el relleno y bebidas como el aguardiente, la cuerva, o la mistela. La matanza del cerdo supone, además de un acontecimiento gastronómico, en el que se elaboran los embutidos y demás productos cárnicos, una celebración en la que toman parte los demás vecinos, convirtiéndose en un acto social más.
El aislamiento en torno a lo rural, la falta de medios, y la influencia de lo religioso, ha modelado durante siglos esta forma de pensamiento tan particular, que hoy en día se va perdiendo por la apertura de las aldeas al exterior, pero que indudablemente sigue presente en mayor o menor medida en los hombres y mujeres de nuestra sierra, dotándoles de los valores de humildad, generosidad y respeto por la tierra y el medio natural.
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